JEANNETTE L. CLARIOND

En arte no existe el color. Las tonalidades llegan de quien mira, impulsos del iris aprehendiendo los diversos estadios del Ser. Hojear por vez primera el libro de Fermín Gutiérrez intitulado Plumaje de fuego da una sensación de diálogo: de quien mira y de quien es mirado, pero también de la recurrente imagen de dos, o más de dos, juntos observando desde dentro lo que sucede fuera del cuadro. El par en su obra no es pareja sino el doble: su yo interno como sujeto sustentador de quien abre su desnudez en ese bosque azuloro, vida en el sueño de Fermín. Lejos, como un hueco inmenso de cielo, una breve luz asoma en lo oscuro del paisaje. Y cerca, cobijando la dualidad, enormes hojas parecieran nunca dejar de demorarse sobre los cuerpos: cuerpos descalzos, cuerpos desnudos, cuerpos volando, o ese solo cuerpo del lenguaje que es la sinceridad.

La luna es inalcanzable aunque el deseo se presente alado en la obra de este poeta del espacio chihuahuense. El cielo de Chihuahua ha sido siempre mi aproximación. Más que sus cerros, más que sus pájaros, más que los álamos, casi más que el río Santa Isabel, su frágil azul transparencia. El cielo con sus estrellas y demás luminarias adosan los muros verdes en una intemperie límpida aunque bañada en color. Si el color no existe en arte entonces las tonalidades vislumbradas por Fermín son sólo el pretexto para delinear la anchura del espacio.

Espacio, espacio, y aún más espacio restaura este creador. No tiempo, sino espacio para expandir su ser en la inmensa geometría. De brochada fina y grande espesor, Fermín Gutiérrez desdobla los límites del universo para trasladar lo que calla hacia un grito en llamas, una memoria buscando su soleada soledad.

Ondulaciones, líneas, espirales de prefecta geometría, alboradas presagiando el lamento del gallo, cuerpos desnudos traspasando el umbral, manos angeladas sosteniendo el último hilo de la cometa. ¿Qué guarda la memoria memoriosa de Fermín? ¿Qué callan sus cuerpos tendidos, qué el juego de la tauromaquia cretense donde la mirada del toro –simbolización del padre—se abre a la muerte? Fermín encierra esa figura en cajas a manera de osarios, osamentas atrapadas en los muros, babeles erigiendo ese primer edén.

Se dice que el violeta es el color de la introspección: penumbra, mantos, recogimiento, la conjunción del alba con la noche. No hay límites en el universo de Fermín. Explota en llamas su memoria, vuelan sus personajes sin temor, son detectives, espectadores del mundo, espectros sin rostro, músicos acompasados por el dolor. ¿Bach?, crípticos rituales de una metamorfosis que se atisba en el abismo.

Como el amor, el arte está hecho de silencios y piedad, fuego para atravesar los cielos, ángeles Rilkeanos en donde la belleza es el principio de lo terrible. ¿Y si Fermín Gutiérrez gritara? No, él no gritaría porque intuyó desde siempre que su obra era el principio del principio; no desértica desolación sino el silencio que sólo capta el ojo que mira el espacio desde una limítrofe geometrizada, metamorfosis del ave nocturna que revuela los parques y las calles de Chihuahua con su sonido de álamos y sicomoros, soles de las alamedas girando sobre sí mismos como harían los amonites, como hacen las nubes, como hacen las vírgenes, esa delicia de mirar desde un ojo que vio todo desde su nacer y que sabe que le llevará toda una vida descifrarse apelando al ángel necesario.

Véase con detenimiento cada sombra y cada luz, cada duna y sus cactus, las mujeres tendidas en sus sarcófagos, los hombres que flotan en la música celeste, los peces que vuelan al cesto del origen.

Jean-Luc Godard escribió que “En tomar el control del universo/ Quizás haya diez mil personas/ Que no hayan olvidado la manzana de Cezánne/ Pero debe existir un billón de espectadores/ Que recuerden el encendedor/ Del Extraño en un tren/ Y la razón de por qué Hitchcock se convirtió/ En el único poeta maldito en tener éxito/ Es que fue el mayor creador de formas/ Del siglo veinte/ Y es la forma la que finalmente nos dice/ Qué yace en el fondo de las cosas/ De hecho, qué es el arte/ Sino aquello que convierte la forma en estilo/ Y qué es estilo/ Sino el hombre mismo.”

El hombre, Fermín Gutiérrez, es su estilo, su forma, el cuerpo de su expresión. Sus imágenes poéticas asoman al mundo de Godard por lo que calla. Apunta Cardoza y Aragón que la obra de arte es la Venus de Milo llevando en sus manos la Victoria de Samotracia. Esta ironía es atribuible a nuestro artista. Sus manos no tienen que ver, como se piensa, con la influencia que en él pudieran ejercer los muralistas, ni sus hombres volando con el arte de Chagall. Fermín no imita, delimita el espacio con rareza especial, oscilaciones en vuelo hacia una luz que rescata de lo más oscuro llevándonos a ver en él a un místico en las vertientes de un gnóstico actual. Fermín interroga al espacio. Su espíritu pareciera manar sinuosidades de una luz apenas perceptible, destellos oro verdosos que entreví en los alcores de Sainápuchi.

Heráclito pensó: “Carácter es destino”, se atribuye a Santiago Ramírez la idea de Freud: “Infancia es destino”, Fermín Gutiérrez siembra en nosotros otra luz: “Paisaje es destino”. Y pienso que para los nacidos en Chihuahua, la tierra es el espejo que descifra la voz de nuestro destino. Qué importa si recordar es visión o ficción, lo que cuenta es que arda la memoria como duna solitaria en el desierto. En las arenas de Samalayuca se desliza el pincel, en los helados vientos de Cuauhtémoc, en las acequias de Meoqui.

Dos mil arenas bañan la obra de Fermín: memoria y mitificación. Él mismo ha dicho que lo identificable en sus cuadros tiene que ver con sus mitologías más profundas: su infancia, su imaginación. La imagen en plena expansión es el universo ficticio de Fermín, ficticio si puede decirse que su ojo es lo real. Para bien nuestro, y de todos los santos de Chihuahua, sea este poeta la sedición de un deseo. Se alcen sus formas a lo alto, lleguen a ese cielo que por las noches beso, mientras lo plata del mezquite me regresa a mi fiel serranía. Pues como dice Gonzalo Rojas: “Quien no ha ido a Chihuahua, no ha ido a las estrellas.”

JEANNETTE L. CLARIOND